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INFECCIONES
CAPITULO 187
Infección por el virus de la inmunodeficiencia
humana
La infección causada por el virus de
la inmunodeficiencia humana (VIH) es una enfermedad provocada por uno
o dos virus que progresivamente destruyen unos glóbulos blancos
llamados linfocitos, provocando el síndrome de inmunodeficiencia
adquirida (SIDA) y otras enfermedades derivadas de una inmunidad deficiente.
A comienzo de los años 80, los epidemiólogos
(personas que estudian los factores que afectan a la frecuencia y a
la distribución de las enfermedades) reconocieron un brusco incremento
de dos enfermedades entre los varones homosexuales americanos. Una era
el sarcoma de Kaposi, una variedad de cáncer poco frecuente;
la otra era la neumonía por pneumocistis, una forma de neumonía
que ocurre sólo en personas con un sistema inmunitario comprometido.
La insuficiencia del sistema inmunitario que permitió
el desarrollo de cánceres raros e infecciones poco frecuentes
recibió el nombre de SIDA. También se descubrieron insuficiencias
en los sistemas inmunológicos de las personas que se inyectaban
drogas, en hemofílicos, en quienes recibían transfusiones
de sangre y en varones bisexuales. Poco después, el síndrome
comenzó a detectarse en heterosexuales que no consumían
drogas, en hemofílicos y en pacientes que recibían transfusiones
de sangre.
Los investigadores pronto descubrieron que un virus
causaba el SIDA. Los dos virus que producen el SIDA son el VIH-1 y el
VIH-2. El VIH-1 es más frecuente en el hemisferio occidental,
en Europa, Asia y África central, del sur y oriental. El VIH-2
es el principal virus causante de SIDA de África occidental,
a pesar de que allí muchas personas están infectadas con
la especie VIH-1.
El SIDA ha alcanzado proporciones de epidemia, con
más de 500 000 casos y 300 000 muertes registradas en los Estados
Unidos y 146 000 casos y 67 000 muertes en América Latina, hasta
octubre de 1 995. En España, hasta 1998, se han registrado 60
000 casos y 33 000 muertes y se estima que más de un millón
de personas están infectadas en los Estados Unidos. África
es el continente más afectado. La Organización Mundial
de la Salud estima que en 1 996, 20 millones de personas estaban infectadas
con el VIH en todo el mundo y que el número se incrementará
a 30 o 40 millones en el año 2000.
Patogénesis
Para infectar a una persona, el virus debe entrar
en células como los linfocitos, una variedad de glóbulos
blancos. El material genético del virus se incorpora al ADN de
una célula infectada. El virus se reproduce dentro de la célula,
llegando a destruirla finalmente y liberando nuevas partículas
del mismo. Luego estas nuevas partículas infectan otros linfocitos
y también pueden destruirlos.
El virus se adhiere a los linfocitos que presentan
en su superficie una proteína receptora, llamada CD4. Las células
con receptores CD4 suelen ser llamadas células CD4-positivas
(CD4+) o linfocitos T colaboradores. Los linfocitos T del tipo colaborador
tienen la función de activar y coordinar otras células
del sistema inmunitario, como los linfocitos B (que producen anticuerpos),
los macrófagos y los linfocitos T citotóxicos (CD8+),
todos los cuales ayudan a destruir células cancerosas y microorganismos
invasores. Como la infección por VIH destruye los linfocitos
T colaboradores, debilita el sistema con que cuenta el organismo para
protegerse de las infecciones y el cáncer.
Los infectados con VIH pierden los linfocitos T
colaboradores (células CD4+) en tres fases con el paso del tiempo.
Una persona sana tiene un número de linfocitos CD4 de aproximadamente
800 a 1 300 células por microlitro de sangre. En los primeros
meses posteriores a la infección por el VIH, este número
puede reducirse del 40 al 50 por ciento. Durante estos primeros meses,
el enfermo puede transmitir el VIH a otros porque en su sangre circulan
muchas partículas del virus. A pesar de que el organismo lucha
contra éste, es incapaz de eliminar la infección.
Después de aproximadamente 6 meses, el número
de partículas de virus en la sangre alcanza un valor estable,
que varía de persona a persona. Sin embargo, siguen quedando
suficientes para continuar la destrucción de linfocitos CD4+
y transmitir la enfermedad a otros sujetos. Pueden pasar muchos años
en los que se produce una disminución lenta pero progresiva de
los valores de dichos linfocitos hasta niveles por debajo de lo normal.
Los altos valores de partículas víricas y los bajos valores
de linfocitos ayudan al médico a identificar a los pacientes
con mayor riesgo de desarrollar SIDA.
Durante el año o los dos años anteriores
al desarrollo del SIDA, el número de linfocitos CD4+ suele descender
más rápidamente. La vulnerabilidad a la infección
aumenta a medida que el número de linfocitos CD4+ baja a menos
de 200 células por microlitro de sangre.
La infección por VIH también altera
la función de los linfocitos B, componentes del sistema inmunitario
que generan anticuerpos y suele hacerles producir un exceso de los mismos.
Estos anticuerpos son dirigidos principalmente contra el VIH y otras
infecciones con las cuales la persona ha tenido un contacto previo.
Pero éstos son poco eficaces contra muchas de las infecciones
oportunistas del SIDA. Al mismo tiempo, la destrucción de los
linfocitos CD4+ por parte del virus reduce la capacidad del sistema
inmunológico en el reconocimiento de nuevos agentes invasores.
Transmisión de la infección
El contagio del VIH requiere del contacto con humores
corporales que contengan células infectadas o partículas
del virus; dichos humores incluyen sangre, semen, secreciones vaginales,
líquido del cerebro y de la médula espinal y leche materna.
El VIH también está presente en las lágrimas, la
orina y la saliva, pero en concentraciones ínfimas.
El VIH se transmite de las siguientes maneras:
- A través de las relaciones sexuales con
una persona infectada, durante las cuales la membrana mucosa que reviste
la boca, la vagina o el recto queda expuesta a los humores corporales
contaminados.
- Por una inyección o infusión de
sangre contaminada, como ocurre al realizar una transfusión,
por compartir jeringuillas o pincharse accidentalmente con una aguja
contaminada con el VIH.
- Transmisión del virus desde una madre infectada
a su hijo antes del nacimiento o durante el mismo, o bien a través
de la leche materna.
- La susceptibilidad a la infección por VIH
aumenta cuando la piel o una membrana mucosa resulta dañada,
como puede suceder durante una enérgica relación sexual
vía vaginal o anal. Muchos estudios han demostrado que la transmisión
sexual del VIH es más probable si uno de los dos miembros de
la pareja tiene herpes, sífilis u otras enfermedades de transmisión
sexual que puedan causar lesiones en la piel. Sin embargo, el VIH puede
ser transmitido por una persona infectada a otra durante una relación
sexual vaginal o anal, aunque ninguna de las dos tenga otras enfermedades
de transmisión sexual o lesiones evidentes en la piel. La transmisión
también puede tener lugar durante el sexo oral, a pesar de que
es menos frecuente.
En los Estados Unidos y Europa, la transmisión
del VIH entre los varones homosexuales y los adictos a inyectarse drogas
se ha vuelto más frecuente que la transmisión entre heterosexuales.
Sin embargo, el índice de transmisión entre estos últimos
aumenta rápidamente. A título indicativo, en los Estados
Unidos, más del 10 por ciento de las personas con SIDA son mujeres,
mientras que en America Latina esta cifra alcanza el 25 por ciento,
y la infección por el VIH está aumentando más rápidamente
entre las mujeres que entre los hombres. La transmisión en África,
el Caribe y Asia es principalmente entre heterosexuales y la infección
por el VIH se produce en la misma proporción entre hombres y
mujeres.
Antes
de 1 992, gran parte de las mujeres europeas y norteamericanas infectadas
lo adquirieron al inyectarse drogas con agujas contaminadas. Sin embargo,
el número de casos derivados de la transmisión sexual
ha sobrepasado lentamente el número atribuido al consumo de drogas.
Una persona que trabaja en el ámbito de la
salud y accidentalmente se pincha con una aguja contaminada con el VIH
tiene una posibilidad entre 300 de contraer el virus. El riesgo de infección
aumenta si la aguja penetra profundamente o si se inyecta sangre contaminada.
Tomar un fármaco antirretrovírico como el AZT (zidovudina)
parece reducir la probabilidad de infección tras pincharse con
una aguja, pero no elimina el riesgo.
El SIDA representa en la actualidad la primera causa
de muerte entre los hemofílicos, que necesitan frecuentes transfusiones
de sangre completa u otros productos plasmáticos. Antes de 1
985, muchos hemofílicos recibieron productos sanguíneos
contaminados con el VIH. Desde entonces, se examina toda la sangre recolectada
para controlar que no esté contaminada y en la actualidad los
productos plasmáticos son tratados con calor para eliminar el
riesgo de contagio del virus.
La infección por el VIH en gran número
de mujeres en edad fértil ha producido la subsecuente transmisión
a los niños. El virus puede ser transmitido al feto al inicio
de la gestación a través de la placenta o en el momento
del nacimiento al pasar por el canal del parto. Los niños que
son amamantados pueden contraer la infección por VIH a través
de la leche materna. Éstos también pueden infectarse si
son objeto de abusos sexuales.
El VIH no se transmite por contacto casual ni tampoco
por un contacto estrecho no sexual en el trabajo, la escuela o el hogar.
No se ha registrado ningún caso de transmisión a través
de la tos o del estornudo, ni tampoco por una picadura de mosquito.
La transmisión de un médico o de un dentista infectado
a un paciente es extremadamente rara.
Síntomas
Algunos afectados desarrollan síntomas similares
a los de la mononucleosis infecciosa varias semanas después del
contagio. La temperatura elevada, las erupciones cutáneas, la
inflamación de los ganglios linfáticos y el malestar general
pueden durar de 3 a 14 días. Luego casi todos los síntomas
desaparecen, aunque los ganglios linfáticos pueden seguir agrandados.
Durante años es posible que no aparezcan más síntomas.
Sin embargo, inmediatamente circulan grandes cantidades de virus en
la sangre y otros humores corporales, por lo que la persona se vuelve
contagiosa poco después de infectarse. Varios meses después
de haber contraído el virus, los afectados pueden experimentar
síntomas leves en repetidas ocasiones que no encajan aún
en la definición del síndrome completamente desarrollado.
Una persona puede presentar síntomas de afección
durante años antes de desarrollar las infecciones o los tumores
característicos que definen al SIDA. Éstos incluyen ganglios
linfáticos agrandados, pérdida de peso, fiebre intermitente
y sensación de malestar, fatiga, diarrea recurrente, anemia y
aftas (una lesión fúngica que se produce en la boca).
La pérdida de peso (emaciación) es un problema particularmente
preocupante.
Por definición, el SIDA comienza con un bajo
recuento de linfocitos CD4+ (menos de 200 células por microlitro
de sangre) o con el desarrollo de infecciones oportunistas (infecciones
provocadas por microorganismos que no causan enfermedad en personas
con un sistema inmunitario normal). También pueden aparecer cánceres
como el sarcoma de Kaposi y el linfoma de Hodgkin.
Tanto la infección por el VIH en sí
misma como las infecciones oportunistas y los cánceres producen
los síntomas del SIDA. Por ejemplo, el virus puede infectar el
cerebro y causar demencia, con pérdida de la memoria, dificultad
de concentración y una menor velocidad en el procesamiento de
informaciones. Sin embargo, sólo unos pocos enfermos de SIDA
mueren por los efectos directos de la infección por el VIH. Por
lo general, la muerte sobreviene por los efectos acumulativos de muchas
infecciones oportunistas o tumores. Los microorganismos y las enfermedades
que normalmente suponen una pequeña amenaza para las personas
sanas rápidamente pueden causar la muerte en estos enfermos;
especialmente cuando el número de linfocitos CD4+ baja a menos
de 50 células por microlitro de sangre.
Varias infecciones oportunistas y cánceres
son típicos del comienzo del SIDA. Las aftas, un crecimiento
excesivo de la levadura Candida en la boca, la vagina o el esófago,
puede ser la infección inicial. El primer síntoma en una
mujer pueden ser las frecuentes infecciones vaginales causadas por hongos
que no se curan con facilidad. Sin embargo, estas afecciones son frecuentes
en las mujeres sanas y pueden deberse a otros factores, como los contraceptivos
orales, los antibióticos y los cambios hormonales.
La neumonía causada por el hongo Pneumocystis
carinii es una afección oportunista recurrente y frecuente en
los enfermos de SIDA. La neumonía por pneumocistis suele ser
la primera infección oportunista grave que aparece; fue la causa
más frecuente de muerte entre los infectados por el VIH antes
de que se perfeccionaran los métodos para tratarla y prevenirla.
La infección crónica con el Toxoplasma
(toxoplasmosis), que persiste desde la infancia, es bastante frecuente,
pero causa síntomas en sólo una minoría de las
personas con SIDA. Cuando se reactiva en éstas, causa una grave
infección, principalmente del cerebro.
La tuberculosis es más frecuente y más
mortal en los afectados por el VIH y es difícil de tratar si
las especies de bacterias que la producen resultan resistentes a varios
antibióticos. Otra micobacteria, el complejo Micobacterium avium,
suele causar fiebre, pérdida de peso y diarrea en enfermos con
el síndrome avanzado. Puede tratarse y prevenirse con fármacos
de reciente creación.
Las infecciones gastrointestinales también
son frecuentes en el SIDA. El Cryptosporidium, un parásito que
puede ser adquirido a través de agua o alimentos contaminados,
produce diarrea intensa, dolor abdominal y pérdida de peso.
Ciclo vital simplificado del virus de
la inmunodeficiencia humana
Al igual que todos los virus, el virus de
la inmunodeficiencia humana (VIH) se reproduce usando la maquinaria
genética de la célula que
lo alberga, generalmente un linfocito CD4. Existen fármacos
recientemente legalizados que inhiben dos enzimas víricas
de fundamental importancia
(la transcriptasa inversa y la proteasa, utilizadas por el virus
para reproducirse) y se están creando fármacos
que apunten a una tercera enzima,
la integrasa.
1. El virus del VIH primero se adhiere a una célula y
penetra en ella.
2. El ARN del VIH, que constituye el código genético
del virus, es liberado dentro de la célula. Para reproducirse,
el ARN debe ser convertido en ADN. La enzima que realiza la
conversión recibe el nombre de transcriptasa inversa.
El virus VIH muta fácilmente en este punto porque la
transcriptasa inversa tiende a cometer errores durante la conversión
del ARN vírico en ADN.
3. El ADN vírico entra en el núcleo de la célula.
4. Con la ayuda de una enzima llamada integrasa, el ADN vírico
se integra con el ADN de la célula.
5. El ADN se replica y reproduce ARN y proteínas. Las
proteínas adoptan la forma de una larga cadena que debe
cortarse en varias partes una vez que el virus abandona la célula.
6. Un nuevo virus se forma a partir del ARN y de segmentos cortos
de proteína.
7. El virus escapa a través de la membrana de la célula,
envolviéndose en un fragmento de la misma (envoltura).
8. Para resultar infeccioso para las otras células, otra
enzima vírica (la proteasa del VIH) debe cortar las proteínas
estructurales dentro del virus que ha nacido, haciendo que se
recoloquen
y se conviertan en la forma madura del VIH.
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La leucoencefalopatía multifocal progresiva
(LMP), una infección vírica del cerebro, puede afectar
a la función neurológica. Los primeros síntomas
suelen ser la pérdida de fuerza en un brazo o pierna y falta
de coordinación o equilibrio. En el transcurso de días
o semanas, la persona puede ser incapaz de andar y mantenerse en pie
y suele morir tras pocos meses.
El citomegalovirus frecuentemente infecta a los
enfermos de SIDA. Los pacientes avanzados suelen reinfectarse, por lo
general en la retina, causándoles ceguera. El tratamiento con
fármacos antivíricos puede controlar el germen. Las personas
con SIDA también son muy susceptibles a muchas otras infecciones
bacterianas, micóticas y víricas.
El sarcoma de Kaposi, un tumor que aparece en la
piel en forma de placas indoloras y sobreelevadas, de color rojo a púrpura,
afecta a los enfermos de SIDA, especialmente a los varones homosexuales.
También pueden desarrollar tumores del sistema inmunitario (linfomas),
pudiendo éstos aparecer primero en el cerebro u otros órganos
internos. Las mujeres son proclives a desarrollar cánceres de
cuello uterino. Los varones homosexuales pueden sufrir cáncer
de recto.
Diagnóstico
Un análisis de sangre relativamente simple
y muy exacto (llamado test ELISA) puede ser utilizado para determinar
si una persona está infectada con el VIH. Con esta prueba es
posible detectar anticuerpos contra el virus. Los resultados son confirmados
rutinariamente por tests cada vez más precisos. No obstante,
pueden pasar varias semanas o más tiempo desde que se produce
la infección hasta que los anticuerpos se positivizan. Las pruebas
altamente sensibles (antígeno P24) pueden detectar el virus desde
el principio y en la actualidad se usan para analizar la sangre donada
para transfusiones.
Varias semanas después de la infección,
los afectados desarrollan, generalmente, anticuerpos contra el VIH.
Un reducido número de personas infectadas no produce cantidades
detectables de anticuerpos durante varios meses o más tiempo
aún. En cualquier caso, la prueba ELISA detecta los anticuerpos
en todas las personas infectadas y casi todas las que los poseen están
infectadas y son contagiosas.
Si el resultado del test ELISA indica que existe
infección por VIH, se repite la prueba sobre la misma muestra
de sangre para confirmar lo que se ha descubierto. Si los resultados
son nuevamente positivos, el siguiente paso es confirmarlos con un análisis
de sangre más exacto y costoso, como la prueba de Western blot.
Esta prueba también identifica los anticuerpos contra el HIV,
pero es más específica que el test ELISA. En otras palabras,
si el test Western blot da resultado positivo, la persona, con casi
toda certeza está infectada por el VIH.
Pronóstico
La exposición al VIH no siempre deriva en
infección y algunas personas que han sido expuestas reiteradamente
no resultan infectadas. Además, muchos infectados han estado
bien durante más de una década. Sin el beneficio de los
tratamientos actuales, una persona infectada con HIV tenía entre
un uno y un dos por ciento de posibilidades de desarrollar SIDA en los
primeros años después de la infección; la probabilidad
continuaba hasta aproximadamente el 5 por ciento cada año a partir
de entonces. El riesgo de desarrollarlo en los primeros 10 u 11 años
después de contraer la infección era aproximadamente del
50 por ciento. Entre el 95 y el 100 por cien de las personas infectadas
desarrollará finalmente el SIDA, pero los efectos a largo plazo
de los fármacos de reciente creación y uso combinado pueden
mejorar esta perspectiva.
Los primeros fármacos utilizados para tratar
el VIH, como la AZT (zidovudina) y la ddI (didanosina), han reducido
el número de infecciones oportunistas e incrementado la expectativa
de vida de estos pacientes y las combinaciones de éstos producen
mejores resultados. Los fármacos nucleósidos más
recientes, como la d4T (estavudina) y 3TC (lamivudina), así como
los inhibidores de la proteasa del VIH, como por ejemplo saquinavir,
ritonavir e indinavir, son incluso más potentes. En algunos pacientes,
la terapia de combinación reduce la cantidad de virus en la sangre
hasta cifras indetectables. Sin embargo, hasta el momento no se han
conseguido curaciones.
Las técnicas para medir la cantidad de virus
(ARN en el plasma) en la sangre (por ejemplo, las pruebas de la reacción
en cadena de la polimerasa [PCR] y el test de separación del
ácido desoxirribonucleico [bADN]) pueden ayudar al médico
a observar los efectos de estos medicamentos. Dichos valores varían
ampliamente desde menos de unos pocos cientos a más de un millón
de virus que contienen ARN por mililitro de plasma y ayudan a realizar
un pronóstico para el paciente. Los fármacos más
potentes suelen bajar su concentración de 10 a 100 veces. La
capacidad que tienen las nuevas combinaciones de medicamentos y las
técnicas de control para mejorar la supervivencia son prometedoras,
pero hasta el momento no han sido totalmente verificadas.
Al comienzo de la epidemia de SIDA, muchos afectados
presentaban una rápida disminución en su calidad de vida
después de su primera hospitalización y solían
pasar gran parte del tiempo que les quedaba en el hospital. La mayoría
moría a los dos años de desarrollar la enfermedad.
Con el desarrollo de nuevos fármacos antivíricos
y mejores métodos para tratar y prevenir las infecciones oportunistas,
muchos infectados mantienen sus aptitudes físicas y mentales
durante años tras habérseles confirmado el diagnóstico
de SIDA. En consecuencia, ésta se ha convertido en una enfermedad
tratable, si bien no curable todavía.
Prevención
Los programas para prevenir la propagación
del VIH se han centrado principalmente en educar al público en
cuanto a la transmisión del virus, en un intento de modificar
el comportamiento de las personas más expuestas. Los programas
educativos y de motivación han tenido un éxito relativo
porque a muchos les cuesta cambiar sus hábitos adictivos o sexuales.
Impulsar el uso de condones, que es una de las mejores maneras de evitar
la transmisión del VIH, sigue siendo un tema controvertido. Suministrar
agujas esterilizadas a los drogadictos, otro método que sin duda
alguna reduce la propagación del SIDA, también ha encontrado
resistencia entre los ciudadanos.
Hasta el momento, las vacunas para prevenir la infección
por VIH o bien para retardar su avance han resultado poco eficaces.
Se están ensayando docenas de vacunas y muchas han fallado, pero
la investigación continúa.
Los hospitales y las clínicas no suelen aislar
a los pacientes VIH-positivos a menos que tengan infecciones contagiosas,
como por ejemplo tuberculosis. Las superficies contaminadas por el VIH
pueden ser limpiadas y desinfectadas fácilmente porque éste
resulta inactivado por el calor y gracias a la acción de desinfectantes
comunes como el peróxido de hidrógeno y el alcohol. Los
hospitales cuentan con estrictos procedimientos en cuanto a la manipulación
de muestras de sangre y otros humores corporales con el fin de evitar
la transmisión del virus y otros microorganismos contagiosos.
Estas precauciones universales se aplican a todas las muestras de todos
los pacientes, no sólo a las que provienen de un infectado.
Tratamiento
En la actualidad existen muchos fármacos
para el tratamiento de la infección, incluyendo los inhibidores
nucleósidos de la transcriptasa inversa, como por ejemplo el
AZT (zidovudina), el ddI (didanosina), el ddC (zalcitabina), el d4T
(estavudina) y el 3TC (lamivudina); los inhibidores no nucleósidos
de la transcriptasa inversa, como la nevirapina y la delavirdina; y
los inhibidores de la proteasa, como por ejemplo saquinavir, ritonavir
e indinavir. Todas evitan que el virus se reproduzca y en consecuencia
retardan la progresión de la enfermedad. El HIV suele desarrollar
resistencia a todos estos fármacos cuando son utilizados aisladamente,
en un periodo variable que puede ir desde unos pocos días a unos
pocos años dependiendo del tipo de fármaco y del paciente.
El
tratamiento parece ser más eficaz cuando se combinan al menos
dos fármacos, lo cual puede retrasar la aparición del
síndrome en los VIH-positivos y prolongar su vida en comparación
con el efecto que produce uno solo. No se sabe a ciencia cierta en qué
momento a partir de la infección debe comenzarse el tratamiento,
pero las personas con altos valores de VIH en su sangre, e incluso las
que tienen altos números de CD4+ y ausencia de síntomas,
deben ser tratadas. Estudios previos que parecían demostrar que
no existía ninguna ventaja en comenzar el tratamiento de forma
precoz no son necesariamente relevantes ahora que se han desarrollado
muchos otros medicamentos y combinaciones. Sin embargo, el costo y los
efectos colaterales de dos o tres tratamientos pueden ser demasiado
altos para algunas personas que viven en países industrializados
y para muchas de las que viven en países menos desarrollados.
Los fármacos AZT, ddI, d4T y ddC pueden provocar
efectos colaterales como dolor abdominal, náuseas y dolor de
cabeza (especialmente el AZT). El uso prolongado del AZT puede dañar
la médula ósea y provocar anemia. El ddI, ddC y d4T pueden
dañar los nervios periféricos y el ddI puede dañar
el páncreas. Entre los nucleósidos, el 3TC parece tener
la menor cantidad de efectos colaterales.
Los tres inhibidores de la proteasa pueden provocar
efectos colaterales, incluyendo náuseas, vómitos, diarrea
y malestar abdominal. El indinavir produce un leve y reversible incremento
en las enzimas hepáticas que no provoca síntoma alguno
y puede causar un intenso dolor de espalda (cólico renal) similar
al que provocan los cálculos renales. El ritonavir tiene la desventaja
de elevar y hacer descender los valores de muchos otros fármacos
a través de sus efectos sobre el hígado. El saquinavir
puede ser mejor tolerado, pero no se absorbe bien y en consecuencia
no resulta tan eficaz tal y como se dispensa desde 1996.
A pacientes con SIDA se les suelen prescribir muchos
fármacos para prevenir las infecciones. Para evitar la neumonía
pneumocistis, cuando el número de linfocitos CD4 baja hasta menos
de 200 células por microlitro de sangre, la combinación
de sulfametoxazol y trimetoprim es altamente eficaz. Esta combinación
también evita las infecciones cerebrales toxoplasmáticas.
En las personas con un número de linfocitos CD4+ menor a 75 o
100 células por microlitro de sangre, la azitromicina tomada
semanalmente, la claritromicina o bien la rifabutina tomada a diario
pueden evitar las infecciones causadas por Mycobacterium avium. Las
personas que se recuperan de meningitis criptocócica o aquellas
que experimentan repetidos brotes de aftas (infecciones de la boca,
el esófago o la vagina con el hongo Candida) pueden tomar fluconazol,
un fármaco antimicótico, durante períodos prolongados.
Las personas con episodios recurrentes de infecciones causadas por herpes
simple en la boca, los labios, los genitales o el recto pueden necesitar
un tratamiento prolongado con el antivírico aciclovir para evitar
recaídas.